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Carlos Bianchi

Nació el 26 de abril de 1949. En la Argentina solo jugó en Vélez, siguió su carrera en Francia y regresó al club de Liniers. Dirigió en Francia, Vélez y Roma de Italia. En Boca pasó dos etapas: 98-01 y 2003-04.

A doña Nélida el sueño de “m ´hijo el doctor” se lo cortó dios por medio de uno de sus representantes en la tierra: el padre Román, cura del colegio San Rafael, de Villa Real, quien sentenció la expulsión del alumno de primer año comercial, Carlos Bianchi, de 13 años. Cuando eso ocurrió, la madre lloró y rogó pero el cura la tenía clara: “ señora, deje a

su hijo que haga lo que quiera, tiene una pelota en la cabeza”. Doña Nélida aceptó sin reproches la palabra de dios. Distinta fue la reacción de de don Amor, el padre de Carlitos. “¿ Así que no querés estudiar? Esta bien, pero desde mañana te levantas a las cinco y media y salís a vender diarios”, y lo mandó a bondear en la avenida Constituyentes, del lado de la provincia, en las cercanías de la cancha de Chacarita Juniors.

Solito asimilaría, mirándose en el espejo de su viejo, la del sacrificio, la honestidad, la dedicación, la responsabilidad y la fidelidad. En las aulas del colegio había quedado frustrado un eventual doctor en ciencias económicas; en la universidad de la calle empezó a formarse la personalidad de un líder, un ganador, para que años más tarde y, tras su paso como jugador, transformarse en el técnico más ganador en la historia de Boca y del fútbol argentino.

Roberto Mouzo

Nació el 8 de enero de 1953 en Avellaneda. Es el futbolista que más partidos jugó en la historia de Boca. También trabajó como técnico en las inferiores.

La vida de Mouzo es Boca. Una carrera que cruzó generaciones, acumuló exitos y rompió estadísticas. No hay otra posibilidad después de 425 partidos. Desde su debut en el 71 con inexpertos 18 años hasta su oscura e injusta salida en el 84. “Yo me hubiese muerto defendiendo estos colores”, dice Roberto.

Siempre dejó la vida en la cancha y en cada entrenamiento. “A los 29 años me decían: ´pare de entrenarse, Roberto´. Yo ya no tenía 20 años”, recuerda.

Existen en la historia futbolística de este guerrero varios hitos, hechos que lo elevaron a la estatura de ídolo: el gol a River en la Copa Libertadores 77, la brillante marcación a Luque en la final del 76 y el primer penal que metió en la definición ante Cruzeiro, en la primera Libertadores para el club con Juan Carlos Lorenzo.

La capacidad para renacer fue otra virtud de un boquense auténtico. Se bancó que Rattin

lo relegara, pero al año llegó Maradona. “Uno de los gustos que me di en Boca fue jugar con Diego. Cuando él llegó, yo era el capitán. Marzolini me pidió que le diera la cinta par darle confianza”, revela. El 10 siempre lo respetó.

Su final en el club fue el final de varios héroes. No se fue con la Bombonera llena dispuesta a despedir al jugador que más partidos había disputado con esa camiseta. Se fue por la puerta de atrás con un conflicto nunca aclarado por los dirigentes. Recaló en Estudiantes de Río cuarto para el Nacional 85 y le tocó enfrentar a Boca. La corrección histórica ya estaba en marcha. Lejos de La Boca, la rompió y empataron 1-1. En el partido de vuelta, en cancha de Huracán, Roberto no pudo evitar la goleada de 7 a 1. El gol de los cordobeses lo hizo Mouzo. La música de la hinchada le dio la ovación y la despedida que se merecía.

Jorge Comas























Nació el 9 de junio de 1960 en Paraná, Entre Ríos. Jugó en Colón, Vélez, Boca y terminó su carrera en el fútbol mexicano. Si bien arrancó como volante izquierdo, se consagró como wing.

A los 11 años salió a la calle a trabajar. De día, era plomero, verdulero, vendedor de pasteles o peón en construcciones de asfalto. De noche, comía pan viejo cuando no había otra alternativa para paliar el hambre. Hasta que el final de la adolescencia lo encontró detrás de una pelota de fútbol en Colón y, un año después, en la primera de Vélez, donde jugó cinco temporadas. En Boca el enamoramiento fue instantáneo: “Cuando entraba a la cancha me sentía poderoso, Gardel. Pateaba un penal y quería que fuera en el arco de la 12. Veía a toda esa gente y sabía que la metía. Con esa camiseta, al marcador se la mostrás, le hacés un caño, un amague y lo matás”.

Su leit motiv en el fútbol era amargarles la existencia a los de Núñez. Contra ellos fue un
goleador serial que los vacunó sin aspavientos el día que debutó en primera con Colón, les convirtió cinco en su paso por Vélez y otros tantos con la camiseta de Boca. Verdugo implacable, en cuanto pisaba el área-con su corte cubano y la camiseta Fate 0 del 11 planchado- River se consternaba. Icono del Boca de la segunda mitad de los años ochenta, sus goles alegraron 64 veces al pueblo Xeneize entre 1986 y 1989.

Sus festejos más importantes fueron contra River y sus gritos más exitosos los vivió en el verano del 88, cuando presentó en sociedad sus goles olímpicos: en Mar del Plata causó sensación cuando le metió uno a Pumpido y repitió a los pocos días ante Fillol.

Entre tantas alegrías, su mayor tristeza fue el penal fallado en el último minuto de un superclásico del 87, cuando mandó su tiro por encima del travesaño y frustró la chance de empatar el duelo. “Fue una tortura para mí. Pero ni en ese momento los hinchas me insultaron”.

Carlos Tevez

Nació el 5 de febrero de 1984, en Fuerte Apache. Debutó con Bianchi en el 2001, se afianzó con Tabarez en el 2002 y explotó con el Virrey en el 2003. Conquistó a la 12 con goles y títulos. Luego se fue al Corinthians, desembarcó en el West Ham y en estos momentos la descose en el Manchester United.

En Boca jugó 110 partidos, marcó 38 goles y obtuvo 4 títulos.

Así como son complicadas las asociaciones conceptuales, se hacen casi imposibles las evaluaciones comparativas en términos de lapsos históricos.

La realidad se va modificando a sí misma de manera tan silenciosa como implacable. Si bien hay aspectos invariables que están vinculados a los principios más que a las costumbres, pareciera ser una inútil obstinación pensar desde la inmutabilidad desechando las variantes dinámicas que van marcando evolución e involución.

Entiendo que detenerse es como alojarse en el pasado. Vivir un frágil presente que se irá inmediatamente de viaje hacia dos destinos posibles: experiencia hacia el olvido o capitalización hacia ese futuro, que será presente, y más tarde otra vez pasado. Y esto tiene que ver con el fútbol y los juicios de valor. En este garito donde todas las cartas están marcadas por jugadores que juegan a opinar, con la sentencia desde puntos de razonamiento irreductibles, se hace tan fácil como difícil, tan simple como complicado, hablar sobre virtudes y defectos ajenos.

Hay que respetar los límites del conocimiento y paralelamente a un protagonista sacado del grupo y puesto bajo la lupa. Es que en verdad los protagonistas son dos: el que practica fútbol, juega y trabaja, con una sonrisa o una mueca, con el interés puesto que se pelea entre la competencia y diversión.


En definitiva, esto está claro desde el comienzo: a mí me han asignado el segundo papel. Para juzgar la obra. El creador, el autor de esa obra, es Carlos Tevez.

Roberto Abbondanzieri

Nació en Bouquet, Santa Fe, el 19/8/72. Llegó a Boca en el 97 y durante el primer ciclo Bianchi fue un tenaz suplente de Cordoba. Cuando agarró el arco no lo largó más.

Al Pato le hacen un gol y pone cara de nada. Saca una pelota imposible y pone cara de nada. Le sacuden de medio metro un pelotazo en la nariz y pone cara de nada. Pestañea un poco, abnegado, con esos ojos chiquitos. Indica a sus compañeros dónde ubicarse en el córner. Grita algo, siempre con sombra de barba, áspero, algo hirsuto. Nada parece alterarlo demasiado, perturbarlo mucho. Salvo que lo arañe Gallardo, por ejemplo. Pero eso lo saca de quicio a cualquiera.

Y así ataja el Pato. Parejo, serio, previsible, eficiente. Tiene algo de aquel Antonio Roma, por lo sólido, lo grandote, lo tarzanesco. Y por que hay partidos en que parece agrandarse aún más, física y anímicamente. Sin la exhuberancia de Roma, desde luego. Aquel goce de Roma por el protagonismo, el pelo rubio, la sonrisa ancha, el pecho inflado. No, el Pato es sobrio, reposado. Tampoco se lo verá, entonces, con bermudas coloridas y vincha flúo, como Gatti.




















Difícil que, en esa línea, el Pato vaya a buscar un centro al vértice del área grande o aparezca gambeteando en la mitad de la cancha. No. El Pato ataja. Le harán algún gol zonzo, como a cualquier arquero de larga trayectoria le hacen. Pero a la gran mayoría, las saca. Como el sol al que le canta Marilina Ross, el Pato siempre está. Atento, vivo para cortar, aun no siendo un velocista.

Francisco Varallo

Francisco Varallo nació el 5/2/10 en la Ciudad de La Plata. Luego de jugar en el Mundial del 30, con apenas 20 años, pasó de Gimnasia a Boca y se convirtió en el máximo goleador de Boquense en el profesionalismo con 181 goles en 210 cotejos disputados. Pancho fue sinónimo de garra, de fuerza, de obsesión por el gol y, por esa razón, es un arqueotipo de ídolo Xeneize. No sabía demasiado de sutilezas del fútbol, pero ponía una enorme pasión en cada intervención en la cancha.

Tampoco le faltaba viveza: en algún momento del partido se hacía el rengo. Entonces lo ponían de puntero. La defensa contraria lo descuidaba por que lo creían lesionado, y cuando le tiraban la pelota salía corriendo a gran velocidad y pateaba con tanta potencia que casi siempre terminaba en gol.

No tenía límites cuando se trataba de llevar peligro al arco contrario, como en aquel partido frente a River, en el campeonato de 1931 en el que Boca se convirtió en el primer campeón de la era profesional, y que terminó en escándalo. Varallo pateó un penal y se lo atajó el arquero, pero él se le fue encima, lo atropelló y metió el gol. El partido se suspendió, pero Boca se quedó con el gol adentro.

La carrera de Varallo terminó muy pronto por una lesión de meniscos, tenía apenas 29 años y muchos goles más por hacer.

Mario Boyé

Nació el 30 de julio de 1922, en Capital Federal. Jugó entre 1941 y 1949 y volvió en 1955. Disputó un total de 208 encuentros y marcó 124 goles. Actuó también en Racing y Huracán. En total anotó 163 goles en 311 partidos.

Seguramente fue Isaac López, arquero de Chacarita en los 40, el hombre que mejor pudo explicar el apodo El Atómico, de Mario Boyé. Un pelotazo del puntero de Boca impactó de lleno en la cara de López, que quedó desmayado. El partido estuvo suspendido hasta que el guardavallas se recuperó.

En Boca hizo 124 goles, pero sumó otros 39 con Racing y Huracán, para un total de 163 tantos en su carrera, una cifra altísima si se tiene en cuenta que se desempeñó como wing derecho. Su padre comenzó a instalarle esa obsesión goleadora cuando jugaba en la quinta división en Boca y prometió pagarle tres pesos por cada conquista que marcara. Boyé, inteligente, le hablo de la oferta a su compañero y gran amigo Luis Yiyo Carniglia y le prometió el 50% del premio por cada pase que le diera.

Cuando llegó a primera en 1941 y sin ganarse todavía la confianza del pueblo Xeneize, mostró su personalidad en un amistoso con Argentinos Juniors. Boca perdía 5-0 y los hinchas comenzaron a gritarle “tronco”. En la primera oportunidad que recibió la pelota, la levantó y le pegó hacia arriba con toda su fuerza. Entonces los insultos fueron generalizados. Después, para rematarla, se sacó la camiseta y se la arrojó a la tribuna, que no dejaba de insultar: “me quería agarrar a trompadas con todos”, contó.

Todo cambió cuando empezó a convertir goles y fue pieza clave del bicampeonato del 43 y 44. También se destacó como formidable cabeceador. En 1946, por ejemplo, cuando fue el máximo artillero argentino, marcó 24 tantos: 14 fueron de cabeza.

Su fama era tal que participó en dos películas de cine argentino: “El hijo del crack” y “Con los mismos colores”. No tenía muy buena técnica, pero era rápido, potente y, especialmente, hábil para encontrar un espacio libre entre los zagueros, filtrarse y hacerse un lugar para rematar.

En 1949 fue transferido al Genoa, de Italia, y en el ocaso de su carrera volvió a Boca. Tras el campeonato de 1955, viajó a Montevideo para jugar un torneo amistoso. En un partido contra River el 29 de diciembre, en el primer tiempo le marcó un gol a Amadeo Carrizo: “¿Sabés que es el primero que me metés? Si me hacés otro te pago un whisky”, le dijo el arquero. En el segundo tiempo, entró y metió tres goles más. Ganó Boca 5-2 y decidió entonces que ese debía ser el partido de su despedida.

Mauricio Serna

Nació el 22 de enero de 1968 en Medellín, Colombia. Llegó a Boca en enero de 1998 y jugó 91 partidos locales y 32 internacionales, convirtió dos goles, el primero en su debut ante Newell´s (4-2) y el otro a Lanús (3-2), por el Clausura 99. En el club logró 3 títulos locales y dos internacionales. Se retiró el año pasado.

Vuelvo a casa. Ese es el motivo de esta carta. Quizá cuando la leas esté abordando la nave que me trasladará a mi amada Medellín, o ya esté allí, entre los brazos de mis padres, hermanos y amigos. Vuelvo a Colombia, la patria donde nací, crecí, me cultivé, y donde abracé esta profesión que Dios dispuso para mí. Ese largo caminar de mi carrera un día me trajo hasta aquí, hasta esta bendita tierra Argentina. Hoy, a casi siete años de ese momento, miro hacia atrás y veo instantes de mi vida tan plenos, tan felices y tan fructíferos para mi crecimiento como persona que hacen que sepa, sin lugar a dudas, que ese tramo de mi vida fue único.

No necesité aclimatarme. No me sentí extranjero. Mis hijos, Mateo y Lucas, más mi ciudadanía Argentina, son el ejemplo más claro de cómo transcurrió mi pasar en este país. Me voy tranquilo, pues cuando competí, dejé lo mejor. Quizás hubiera deseado otro final: una Bombonera llena alentando como siempre y despidiéndome de vos, que siempre estuviste a mi lado, con la azul y oro mojada de esfuerzo y el corazón a mil.

Pero el destino es otro y así será. Pero, ¿qué más puedo pedir?, ¿qué más puedo decir? Simplemente, ¡gracias! Gracias Boca, fuiste el puente con la gente de esta tierra, es imposible recibir más energía, amor y cariño de lo que brinda el hincha Xeneize…

Gracias Diego Armando Maradona por haberme permitido ser parte de tu historia. Y, finalmente, gracias a Dios, que me regaló estos años de maravillosa existencia junto al pueblo argentino. Los voy a extrañar muchísimo. ¡Hasta siempre!



Fragmentos de la carta de despedida en la que expresa sus sentimientos por la camiseta que mejor le calzó.


Chicho Serna, el colombiano que por entrega, garra y simpatía se ganó a la hinchada más grande del mundo y hasta le reeditaron el cantito del “huevo, huevo, huevo”.

Blas Armando Giunta

Nació el 6 de septiembre de 1963, en Capital. Además de Boca, jugó en San Lorenzo, Platense, Murcia, Toluca, Ourense, Defensores de Belgrano y la Selección Argentina(7pj). Retirado, se convirtió en DT.

En el club batalló en 189 partidos, marcó 10 goles, obtuvo 4 títulos y derrotó a River en 10 ocasiones.

Giunta reaccionaba por él igual que por cualquier jugador que llevara la camiseta de Boca arriba de su cuerpo sudado. Era el guardaespaldas del plantel y, de algún modo, el representante de la gente dentro de la cancha. Por eso cuando se escuchaba el “Giunta, Giunta, Giunta/huevo, huevo, huevo”, al hincha de Boca se le erizaba la piel y él se sentía capaz de pelear una pelota contra un tren.

No es una figura ocasional: a Giunta se lo ha visto en el césped trabar con la cabeza. “Con la camiseta de Boca me gusta jugarme la vida en cada pelota”, juró más de una vez. Y cumplió más de una vez.

Su primera página dorada con la azul y oro la escribió al definir por penales la Supercopa del 89, contra Independiente, una noche de luna de Avellaneda, donde él mismo concretó el 5-4 final que nos dio el título.

Cuando Giunta terminaba un partido, sólo se quedaba conforme si al estrujar su camiseta chorreaba transpiración”, opinó alguna vez el Rata Rattin.

En un superclásico por la Copa del 91, le dio vida a la paternidad moderna. Blas, desde el vértice derecho del área, clavó un cabezazo infernal que Paset no pudo sacar ni en las repeticiones. Fue el 2-3. Después Marchesini y un Latorre crack lo llevarían hasta la victoria. A River siempre le jugó con chicanas.

Cuando ven la camiseta de Boca se anulan”, repitió en cadena nacional provocando que los hinchas repitieran por triplicado el Giunta, y el huevo, aunque estuvieran solos y en el medio de la nada.

Martín Palermo

Nacio el 7 de noviembre del 73, en la ciudad de La Plata. Se inició en Estudiantes y de allí llegó al Boca de Veira. Vendido al Villareal, pasó por Betis y Alaves. Regresó al Xeneize a mediadios del 2004.

El Loco llegó a Boca precedido de su fama de goleador, por aquellos tiempos apenas superaba las 30 dianas y nos comenzó a seducir con su especialidad, los goles a River. El 25 de octubre, el día que se fue Diego, el Monumental fue sede de su primer gol bostero a los primos, en el mismo estadio donde ya los había vacunado con la camiseta pincha, festejo con sesión de yoga incluida.


Su registro en el Apertura 98 con 20 goles en 19 partidos en aquel equipazo de Bianchi, la obtención de su gol número 100 que casi no pudo disfrutar por que inmediatamente tuvo que salir lesionado, las vueltas olímpicas que dio con la camiseta de Boca, las lesiones, sus goles a River, los dos tantos al Real Madrid en la final del mundo, su golazo de chilena en la Bombonera ante Banfield , su enorme humildad y sacrificio para correrse de la escena e improvisarse como enganche cuando Tevez era el nueve y su transferencia apresurada al Villareal para escaparle al acoso de la prensa no futbolera tras su divorcio, fueron algunos momentos en la vida del jugador.


Este es un pequeño resumen en la gloriosa vida de Martín Palermo como futbolista de Boca. Podría estar horas y horas escribiendo esta carrera de película y que aún continúa. Su próximo objetivo es convertirse en el máximo golador en la historia del club.

Sin dudas un 9 de oro o simplemente, “el optimista del gol”

Angel Clemente Rojas



Nació el 28/8/44 en Sarandí. Con la Azul y oro disputó 220 encuentros, anotó 79 goles y obtuvo los campeonatos del 64, 65, 69 y 70 y la Copa Argentina del 69.

Con habilidad y desfachatez se convirtió en uno de los ídolos más grandes. A los 57 tuvo su partido homenaje en la Bombonera.

El pibe salía pasado el mediodía junto con su padre, el sol bien arriba y el cielo diáfano para esa postal porteña de domingo. Caminar apurados hacia la parada del colectivo, dos boletos hasta La Boca y a sentarse en un asiento del fondo. Momento propicio para que el pibe sacara de un bolsillo del pantalón largo- los cortos eran sólo para jugar a la pelota, en la vereda, en el cole, en la parroquia, en la cortadita de la vuelta de casa por donde pasaban pocos autos, en fin, jugar a la pelota- el recorte de diario de la mañana en donde estaban las formaciones de los equipos.

Y ahí sí, buscar ese nombre y apellido que en la vida del pibe producía magia en los sentidos: Angel Clemente Rojas, decía el diario, y muchas veces al lado decía también “o”, y ahí aparecía algún nombre del posible reemplazante. El pibe leía y volvía a leer, pensativo, hasta que escuchaba lo que esperaba, “quedate tranquilo, Rojitas va a jugar, hoy lo necesitamos y va a jugar”, decía el padre mientras le acariciaba la cabeza.

El pibe buscaba en otro bolsillo y sacaba entonces las figuritas, esa fabulosa constelación en donde la estrella más preciada era la de Rojitas. Había otras muy queridas, como la de Marzolini, el Beto Menéndez, Roma, Madurga, el peruano Meléndez y el Pocho Pianetti. Pero arriba de todos, la cintura mágica que fabricaba los grandes goles y la habilidad que desmentía frases hechas infundadas: que Boca era garra y nada más, que ´a la carga Barracas´, y demás versos folclórcos.

El colectivo llegaba a destino y la calle Brandsen era una línea recta poblada de gente que caminaba con pasos apurados.


El corazón del pibe se aceleraba a medida que se aproximaba a La Bombonera y los gritos de las hinchadas eran música de fondo de un domingo hermoso. La tribuna lateral de socios era el lugar elegido y allí el pibe asistía a todo ritual: los papelitos, el ´dale bo ´y los aplausos para todo el equipo.

Pero la mirada fija en el, que trotaba y posaba para los fotógrafos. Confirmado: Rojitas jugaba, y el pibe, que no sabía nada de los griegos, se paseaba por un rato por el olimpo.

Pisada, gambeta, cintura, gol. Todo estaba en ese jugador excepcional, que se había llevado los secretos de los potreros de Sarandí a las divisiones juveniles de Boca, hasta que Adolfo Pedernera lo pasó en cuestión de días de la tercera a la primera.

Rojitas, sentía el pibe, era fútbol puro, fútbol del mejor, y era de las entrañas de Boca. Mucho más adelante lo fundamentaría bien, pero ya sabía entonces que esas condiciones son las que hacen inoxidable a un ídolo.


Juan Román Riquelme

Nació el 24 de junio de 1978. Al día siguiente él y otros 25 millones de argentinos ganaron el campeonato del mundo. Llegó a tiempo. Desde entonces siguió las huellas de Diego Armando Maradona: primero la calle, luego Argentinos Juniors, más tarde Boca, el Barcelona, la Selección… Román expira fútbol desde siempre.

Hizo delirar a la hinchada por su inteligencia para leer el fútbol y sumar a todos sus compañeros a la hora de jugar, por su personalidad para hacerse patrón del equipo con poco más de 20 años y por no borrarse nunca en los partidos difíciles.

Desde el día en que debutó (10/11/96 ante Unión, 2-0) y le pidió a Bilardo jugar “como Verón” (manejando los hilos del equipo desde el mediocampo) hasta que se fue, supo en general adaptarse a las distintas responsabilidades que le dieron. Mientras que en las inferiores de Argentinos jugaba de 5, en Boca hizo la mayor parte de su carrera como enganche.



















Si fuera por mí, jugaría toda la vida en Boca”, dijo varias veces, aunque al final se fue al Barcelona por sus problemas con los dirigentes (estaba sin contrato y podía quedar libre en junio de 2003), a los que enfrentó varias veces, y por el secuestro de su hermano Cristian. Tampoco se llevaba bien con Tabárez, DT en el 2002, y estaba desmotivado tras haber tocado su techo en el país.

Luego de su paso en el conjunto catalán, desembarcó en el Villareal donde lo llevó a las semifinales de la Copa de Campeones. Se peleó con Manuel Pellegrini y, regresó a Boca a préstamo por seis meses, donde obtuvo la Copa Libertadores.

Luego de largas tratativas para retenerlo, no se llegó a un acuerdo, y el jugador se encuentra en estos momentos entrenando en el equipo español, pero sin jugar.

Román ganó todo a nivel local e internacional y recibió premios personales, entre ellos al mejor futbolista de América en el año 2001.La hinchada jamás le reprochó nada y hasta el último día entonó, en cada partido, el “Riqueeeelme, Riquelmeeeeme”.



Gracias Romy, hasta la próxima

Guillermo Barros Schelotto

Debutó en Boca el 14 de septiembre de 1997 entrando por Toresani, en el 2-1 a Newell´s con un gol suyo incluído. Disputó 300 cotejos en en la institución con 87 goles, siendo el más ganador de la historia con 15 títulos.

Sin dudas, un jugador ideal y a la medida de Boca. Atrevido, con mucho temperamento y personalidad, se ganó a la hinchada con su entrega.


Es uno de los mayores ídolos en la historia del club. Por su personalidad dentro y fuera de la cancha, siempre amado por los Xeneizes y odiado por las parcialidades rivales.

Un jugador pícaro, difícil para los árbitros por sus protestas constantes y algunas simulaciones.

Uno de sus mejores goles fue ante Talleres, en La Bombonera, el 15 de noviembre del 98, cuando apenas iniciado el partido apiló de derecha a izquierda a varios rivales y definió magistralmente tras la salida del arquero.

Uno de sus partidos más recordados fue un 15 de mayo de 2003, ante el Paysandú de Brasil, por la Copa Libertadores, cuando metió tres goles, le hicieron un penal y dio una asistencia a Delgado. Y eso que no venía bien.

Sin demagogia populista, Guille es el ídolo más perdurable de un tiempo en el que los clubes son plataformas de lanzamiento.

“Mas allá de lo futbolístico, la gente de River va a recordar que siempre les hacía algo en los clásicos”

“Todo lo que se dice de mi de cómo soy dentro del campo de juego, son mitos”

“Se muy bien que los hinchas no me van a olvidar, como yo tampoco a ellos. Me los llevo dentro de mi corazón”.


Gracias Guille!!!

Diego Armando Maradona

Nació el 30/10/60 en Villa Fiorito, Lanús- Comenzó en Argentinos Juniors y pasó a Boca en 1981, en donde debutó el 22/2 frente a Talleres. En 1982 siguió su carrera por Europa para regresar en el 95 y retirarse en el 97.

Con la azul y oro disputó 71 cotejos, donde consiguió un título y marcó 35 goles (5 a River).

"Estaba nervioso. La primera pelota se la bajé a Mouzo", contó de su debut. Después hizo dos goles.

Faltaban pocos minutos para las tres de la tarde de aquel caluroso 20 de febrero de 1981 cuando Diego Armando Maradona, acompañado por Guillermo Coppola, Carlos Randazzo y Jorge Cyterszpiler, entró a una cantina de La Boca para almorzar ranas. Un rato antes, más precisamente a las 14.24, el que luego se convertiría en el mejor jugador de todos los tiempos había dibujado con su mano derecha (no la de dios) la esperada firma en el contrato que lo uniría a Boca. Claro, profesionalmente… porque en lo afectivo, Diego ya hacía bastante que estaba comprometido con la azul y oro. Un amor heredado de Don Diego. Puro, fiel y de por vida.

Por presión del propio Maradona, Boca le había ganado la pulseada nada menos que al Barcelona, Juventud y River. La realidad es que Diego quería jugar en Boca. Por eso su felicidad aquel día en el que se consumó el pase del siglo. “Cuando firmé el contrato me sentí el hombre más feliz de la tierra. Y puedo asegurar que ese instante no lo voy a olvidar mientras viva. Me acuerdo de que estaba nervioso, ansioso y que recién pude expresar mi verdadera alegría en ese almuerzo en la cantina de Boca. Me quedo con ese momento y con el brindis. Yo estaba cumpliendo mi sueño y el de mi viejo”, manifestó el diez un tiempo después.

Pocos meses antes de concretarse la transferencia, su padre lo había sorprendido al contarle un sueño. “Dieguito, ¿sabés qué estaba pensando anoche? Que algún día sería muy lindo verte jugar en Boca”, le dijo.

En aquella larga negociación se acordó que Boca pagaría 2.500.000 dólares más la cesión de Randazzo, Santos, Rotandi y Salinas y los préstamos de Sanabria y Bordón, además de hacerse cargo de dos viejas deudas de Argentinos. En dicho contrato, de cinco carillas, había una cláusula que hoy está de moda: Diego no podía jugar contra el Bicho.

Ese Metro 81 no fue un título más en su exitosísima carrera. Marcó su definitiva consagración como crack en las canchas argentinas. Demostró que, a esa altura, el fútbol criollo ya le quedaba chico.

Debutó oficialmente el domingo 22 de febrero contra Talleres, lesionado, y fue la figura: metió dos goles de penal y contribuyó en otros dos para el 4-1 final. Menos mal que tenía un pequeño desgarro… “lo tuve que infiltrar”, reconoció Luis Pintos, médico de Boca en ese entonces.

Muchos recuerdan que con miguel Brindisi formó una de las duplas más famosas de la historia del fútbol argentino. A Escudero y Perotti, los wines de aquel equipo, los llenó de pases goles.

A Gatti le ganaba los concursos de tiros libres después de los entrenamientos. A Passucci lo quería como a un hermano. A Mouzo le pedía la pelota. “Una vez me encaró y me preguntó por qué no se la pasaba. Le dije que lo veía marcado y me contestó que se la diera igual que él se las arreglaba. Y lo hacía”, contó el defensor, que le cedió la cinta de capitán por pedido del técnico Silvio Marzolini.

Su lazo con Boca se fortaleció aún más cuando en una noche de lluvia dejó literalmente por el piso a River, justo en su primer superclásico. Fillol y Tarantini lo sufrieron, todo Boca lo gozó. Esa actuación ratificó su enorme valía.

“Fue el gol más lindo que hice en Boca”, aseguró siempre Diego. En ese inolvidable 81 jugó cuatro partidos contra River y le metió cinco goles.

Como no podía ser de otra manera, se fue campeón. En realidad, nunca se fue. Por que en Barcelona, en Nápoles y en cada lugar donde llevó su magia, Boca siempre estuvo presente en su corazón y en sus palabras.

Muchos jugadores, al irse al exterior, dejan promesas de regresos pero son pocos las que la cumplen. Maradona fue uno de los que efectivizaron su palabra. “Nadie llevó esta camiseta como yo”, dijo alguna vez.

En 1995, 13 años después de su partida y 15 meses después del doping en el Mundial de Usa 94, volvió para ponerse la azul y oro. Distinto desde lo estético, pero igual desde lo afectivo.

No pudo salir campeón, jugó poco y gozó de privilegios de ídolo, pero eso es anecdótico. En sus últimos años como jugador, siguió regalando dosis de magia

En el entretiempo de un superclásico en el Monumental se terminó su historia futbolística en Boca. Dijo basta, conocedor de que ya no era el mismo. Un pibito llamado Riquelme lo reemplazaba. “Que entre el pibe”, le dijo al Bambino en el vestuario visitante. Se fue del gallinero gozando a su manera a la platea San Martín. Ya no como jugador. Como bostero.


Su despedida oficial, con todos los honores, fue en el 2001 en ese templo de La Boca en donde regaló tantas alegrías. “No es una despedida sino un homenaje porque yo del fútbol no me voy a despedir nunca”.

“yo, sin Boca, no soy feliz”. Llorando como tantas veces lo hizo por el club, tiró una de sus frases célebres: “la pelota no se mancha”. Y su problema cardíaco le sirvió para darles a los hinchas un mensaje emotivo, extraordinariamente brutal: “Lo que queda de mi corazón es de Boca…”. Gracias Diego.


“Tengo doce años. Estoy en séptimo. Soy correntino, pero vivo en Fiorito desde los nueve. Mis compañeros también son buenos. - 21 de agosto de 1973, primera declaración de Diego registrada en un medio gráfico en una nota sobre los Cebollitas que tituló: “Estos pibes la rompen”.

Mis sueños son dos. Mi primer sueño es jugar en el Mundial, y el segundo es salir campeón de octava y lo que siga en el campeonato este. (1970)

En el cielo pasan cosas lindas, pero ya habrá tiempo para ver un recital de Elvis o charlar con Pocho Perón. (2000)

Es evidente que tengo línea directa con el barba. (1996)

Me gusta pegarle a la gente cuando tiene las dos manos arriba. Cuando las tiene bajas, me gusta ayudarla. (1995)

En Cuba estoy más solo que Kung Fu. (2000)

Palermo sale de la casa y hace un gol. (1998)

En este fútbol donde todos son maratonistas, el Mellizo corre veinte minutos por partido y le pinta la cara a cualquiera. (1998)

El fútbol es como querer a la madre

Agradezco a Dios por haberme hecho hincha de Boca. (2001)

Yo soy de Boca y voy a morir en Boca

Ellos se merecían esta sección

Siempre los vas a recordar. A través de ellos, te emocionastes, llorastes y reístes. Los defendistes a muerte y hasta te peleaste por ellos. Dejaste muchas cosas por ir a verlos. Fuistes en busca de una foto, un autógrafo, y en alguna ocasión, regresaste con las manos vacías.

A pesar de todo, siempre los vas a idolatrar. Por que te llenaron de alegrías. Defendieron esa camiseta "azul y oro" como ninguno. Impusieron su garra, su lucha y dejaron su corazón desde La Boca hasta Japón.

Algunos no nacieron con la camiseta puesta. Pero con el tiempo, aprendieron a quererla y a mimarla. Dejaron hasta la última gota de sudor y la terminaron queriendo más que unos cuantos que expresaron su inclinación por el club, sólo para ganarse a la gente con palabras.

Por todo esto y mucho más, a partir de mañana y como todos los martes, Planeta Boca homenajeará a todos los ídolos que se calzaron la camiseta más grande del mundo.

Y creo que no hace falta preguntar quien aparecerá en la primera entrega. Vale diez palos verdes...